Siempre tuve un corazón inquieto y enorme, además de una inocencia que roza la estupidez cuando se trata del género femenino. A pesar de ser tan enamoradizo, habían pasado varios años desde la última vez que había sentido algo tan fuerte. Es cierto que el tiempo cura todas las heridas (con un poco de paciencia), pero también te envuelve poco a poco una sensación de seguridad al hacerte olvidar las penas pasadas, bajás la guardia, y no te importa estar vulnerable y feliz. Y es bueno, es genial, pero también entendí que para mi, era peligroso abrir mi corazón.
Me dejé llenar por un cariño y un amor inmensos, sin dudar, sin pensarlo dos veces, estaba seguro. Hasta que un día sin aviso, ella desapareció. Cometí el error de permitir el paso del tiempo, esperar y tener esperanzas de que ella volviera del silencio algún día, pero esperé, y esperé un poco más, hasta darme cuenta que ya era tarde.
Todas esas sensaciones, ideas, sentimientos, locuras y alegrías, me habían quedado dentro, encerradas y solitarias. Sin tener una vía de escape para semejante tormenta, me convertí en un tipo serio, amargado, silencioso, cerrado y lleno de tristeza. Me encerré en lo que imaginé como una coraza, en donde nadie pudiera molestarme o hacerme daño. Me tragué toda la angustia y el desamor, y decidí seguir adelante, arrastrándolo todo como una piedra en el cuello.
Intenté estudiar, intenté trabajar, intenté no pensar, y no pude lograr ninguna de las tres cosas. No tenía ganas, no tenía fuerzas, y no sabía qué hacer. Un gran error cometí que sólo reconocí mucho después, el no haberle contado nada a nadie en su momento, el no haber pedido ayuda. Perdí meses de mi vida, perdí noción del tiempo, y me daba cuenta de que se me estaba pasando de largo la oportunidad de despegar. Estaba apático, pero totalmente consciente del desastre de dejarme llevar por todo eso. Pasé nueve meses yendo casi todos los días a una plaza, a leer, a sentir el sol en la cara, a caminar, a no pensar en nada y sentir algo diferente.
Durante mis ya cumplidos dieciocho años, había aprendido a analizarme solo, a sacar adelante mi corazón y mi mente en base a mis propios esfuerzos. Ya estaba acostumbrado a no hablar, a pensar demasiado, a discutir mis ideas con el aire, o contarle mis cosas al cielo de noche. Todo yo, todo yo. Fue a partir de ese año, a raíz de ese descontento con la gente y con la vida misma, que empecé a escribir, tal como lo hago ahora. Un simple archivo de texto se fue llenando de palabras que me sonaban extrañas si las leía en voz alta, pero no eran ni más ni menos que mi forma de pensar. Quienes lean esto probablemente conozcan mi manera de hablar, bastante sencilla, porque me es cómoda de esa manera, pero en ese espacio donde me permití expresarme empecé a conocerme a mi mismo de otra forma. No me gusta leerme.