Tengo un cierto desorden de memorias a partir de este año, cosa curiosa teniendo en cuenta el detalle con el que recuerdo cosas más viejas. Ya que me perdí un día de escribir en el blog (19-21, mirá la fecha, despistado lector), lo de hoy va a ser un poco más largo. No estoy muy seguro de algunas fechas, y tengo grandes lagunas. Seguro estoy de que empecé la secundaria a mis trece años, ya había puesto mis ojos (y nada más todavía) sobre Natalia, y empezaba una etapa que me llevó a convertirme en el tipo que soy en este momento. Imagínense que durante mi infancia empezaron a amasar el molde, en mi paso por la escuela primaria lo fueron cocinando, en la secundaria le fueron sacando cachitos con martillo y cincel, y después finalmente quedó armado el mostro mutante que todos conocen y adoran. ¡Hola!
"Atorrantes a torrar"
¡Santa cacucha Batman!
Empecé a entender que me había convertido en un tipo sentimental. Atrás habían quedado mis desopilantes aventuras delictivas de juventud. Solía portarme mejor, y dejé de pelearme con la gente. De hecho, fue en primer año la última vez que me agarré a golpes con alguien, me retiré después de ganar esa última batalla, teniendo un ojo ligeramente hinchado y algún que otro moretón, pero victorioso, el otro pibe quedó peor, me contaron.
En realidad no creo haber sido nunca un tipo violento, pero sí muy fácil de molestar, por decirlo de alguna manera. Después de años de psicóloga y problemas varios, aprendí a controlar mis emociones, a analizar cada situación dos veces por las dudas, antes de tomar una decisión. Es una costumbre que todavía me persigue, y si bien me dotó de un punto de vista muy particular (y útil) para muchas cosas, también me jugó en contra en otras tantas. El hecho de guardar enojos, evitar discusiones, hacer todo lo posible por no molestar a nadie, y así evitar molestias para mi. El haber aprendido desde tan chico a tener un nivel de autocontrol tan alto por necesidad, siempre fue un arma de doble filo.
Ese año mi familia tuvo otro golpe irremediable, cuando después de un tiempo de andar padeciendo, mi última abuela también falleció. Mi vieja ya había perdido a sus dos padres en circunstancias bastante difíciles, y ahora le tocaba a mi viejo atravesar por ese camino amargo. Mi abuelo, su papá, había muerto cuando él todavía era un chico, más chico de lo que yo era en esa época. Lo conocí muy poco, a través de todo lo que mi viejo puede recordar de él con mucho esfuerzo. Todo el resto de su vida hasta ese momento, fue el guardián y protector de su mamá, mi abuela.
Pasaron por mil y un desastres, dificultades, contras, y todo lo que una vida difícil te puede tirar por la cabeza, pero juntos salieron adelante, crecieron mucho, y sé que se querían un montón, que quizás suene un poco obvio, pero no lo es. Pasaron años peleándola juntos, teniéndose solamente el uno al otro, ellos mismos eran su única familia, hasta que llegó mi vieja, y luego mi hermana y yo. No fue nada fácil acoplar las nuevas caras, y haciendo un esfuerzo increíble ella permaneció en casa con nosotros hasta que fue hora de poner límites y separar un poco las aguas. Mi abuela tuvo que mudarse, con todo el dolor del alma para mi viejo, pero era algo necesario.
A veces me pongo a pensar en qué habrá sentido mi abuela al irse a vivir a una pensión, tener que separarse de su hijo, y a su vez lo difícil que debe haber sido para él tener que aceptar que la convivencia en un departamento de dos ambientes, no era algo para cinco personas. No me queda más que imaginar esas sensaciones, porque lo que yo recuerdo es quererla mucho, e ir contento a visitarla a pocas cuadras de mi casa. Recuerdo abrazarla y sentirla cada vez más chiquita, porque yo iba creciendo. La macana es que el tiempo no pasaba sólo para mi, y mientras yo me ponía más alto y fuerte, ella parecía más frágil y débil, cansada, y sola. Fui testigo de lo que provoca tener muchos años encima, y llegué a conocer y entender un poco la impotencia de saber que la vida se apaga de a poco. Es natural, es triste, y cuesta mucho.
Llegó otra mañana como la de unos años atrás, misma escena, distinta reacción. Silvia de nuevo sentada en una silla, despertándome despacito, la noticia, y un silencio. Entendía perfectamente qué había pasado, estaba sereno al saber que mi abuela ya no estaba mal. Más tarde llegaron las lágrimas, los abrazos de consuelo y el pensar "¿y ahora?". Ahora me doy cuenta, al hacer memoria de esto y de todas las cosas que fui escribiendo estos días, que mi mente ya funcionaba de otra manera, estaba más grande. No sé en qué punto pasé de ser el chico despreocupado de todo, feliz con sus autitos y demás juguetes, a ser un pibe en proceso de convertirse en adulto, que es más o menos lo que soy todavía.
Eso marcó la última movida sin vuelta atrás que me tocó vivir de cerca, de golpe éramos solamente una familia de cuatro, nada más. A pesar de todo, yo tenía trece años todavía, la vida seguía adelante sin mirar demasiado atrás, una actitud bastante sana para algunas cosas. La secundaria recién empezaba y no la iba a pasar tan mal.
En realidad no creo haber sido nunca un tipo violento, pero sí muy fácil de molestar, por decirlo de alguna manera. Después de años de psicóloga y problemas varios, aprendí a controlar mis emociones, a analizar cada situación dos veces por las dudas, antes de tomar una decisión. Es una costumbre que todavía me persigue, y si bien me dotó de un punto de vista muy particular (y útil) para muchas cosas, también me jugó en contra en otras tantas. El hecho de guardar enojos, evitar discusiones, hacer todo lo posible por no molestar a nadie, y así evitar molestias para mi. El haber aprendido desde tan chico a tener un nivel de autocontrol tan alto por necesidad, siempre fue un arma de doble filo.
Ese año mi familia tuvo otro golpe irremediable, cuando después de un tiempo de andar padeciendo, mi última abuela también falleció. Mi vieja ya había perdido a sus dos padres en circunstancias bastante difíciles, y ahora le tocaba a mi viejo atravesar por ese camino amargo. Mi abuelo, su papá, había muerto cuando él todavía era un chico, más chico de lo que yo era en esa época. Lo conocí muy poco, a través de todo lo que mi viejo puede recordar de él con mucho esfuerzo. Todo el resto de su vida hasta ese momento, fue el guardián y protector de su mamá, mi abuela.
Pasaron por mil y un desastres, dificultades, contras, y todo lo que una vida difícil te puede tirar por la cabeza, pero juntos salieron adelante, crecieron mucho, y sé que se querían un montón, que quizás suene un poco obvio, pero no lo es. Pasaron años peleándola juntos, teniéndose solamente el uno al otro, ellos mismos eran su única familia, hasta que llegó mi vieja, y luego mi hermana y yo. No fue nada fácil acoplar las nuevas caras, y haciendo un esfuerzo increíble ella permaneció en casa con nosotros hasta que fue hora de poner límites y separar un poco las aguas. Mi abuela tuvo que mudarse, con todo el dolor del alma para mi viejo, pero era algo necesario.
A veces me pongo a pensar en qué habrá sentido mi abuela al irse a vivir a una pensión, tener que separarse de su hijo, y a su vez lo difícil que debe haber sido para él tener que aceptar que la convivencia en un departamento de dos ambientes, no era algo para cinco personas. No me queda más que imaginar esas sensaciones, porque lo que yo recuerdo es quererla mucho, e ir contento a visitarla a pocas cuadras de mi casa. Recuerdo abrazarla y sentirla cada vez más chiquita, porque yo iba creciendo. La macana es que el tiempo no pasaba sólo para mi, y mientras yo me ponía más alto y fuerte, ella parecía más frágil y débil, cansada, y sola. Fui testigo de lo que provoca tener muchos años encima, y llegué a conocer y entender un poco la impotencia de saber que la vida se apaga de a poco. Es natural, es triste, y cuesta mucho.
Llegó otra mañana como la de unos años atrás, misma escena, distinta reacción. Silvia de nuevo sentada en una silla, despertándome despacito, la noticia, y un silencio. Entendía perfectamente qué había pasado, estaba sereno al saber que mi abuela ya no estaba mal. Más tarde llegaron las lágrimas, los abrazos de consuelo y el pensar "¿y ahora?". Ahora me doy cuenta, al hacer memoria de esto y de todas las cosas que fui escribiendo estos días, que mi mente ya funcionaba de otra manera, estaba más grande. No sé en qué punto pasé de ser el chico despreocupado de todo, feliz con sus autitos y demás juguetes, a ser un pibe en proceso de convertirse en adulto, que es más o menos lo que soy todavía.
Eso marcó la última movida sin vuelta atrás que me tocó vivir de cerca, de golpe éramos solamente una familia de cuatro, nada más. A pesar de todo, yo tenía trece años todavía, la vida seguía adelante sin mirar demasiado atrás, una actitud bastante sana para algunas cosas. La secundaria recién empezaba y no la iba a pasar tan mal.
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