A ver... laburé sin descanso por tres meses seguidos, y conocí gente genial. Me compré un celular. Festejé mi cumpleaños y terminé despertándome en la terminal del 65 en Constitución. Conocí una veterana. Alguien me celaba un poco, qué lindo. Salí a pasear por Costanera Sur un día. Me pasaba los días con la cámara encima. Me asaltaron. Conocí a Rita, que me esperaba todos los días en la parada del colectivo antes de volver a casa. Me copé mirando animé. Le saqué una foto a un rayo. Me sentía importante. De esta época son la mayoría de las fotos en las que aparezco, cosa rara. Renuncié y fue un día glorioso, aunque muchas veces extrañé Saavedra después. Al día siguiente empecé a laburar en un callcenter. Conocí más gente grosa. Más fotos. Volví a Córdoba en junio a festejar un cumpleaños. Salí del laburo una tardecita de julio y me cagué de frío con la nieve. Me tejieron mi bufanda. Hasta me dieron una posición mejor en el laburo. Y mi vieja estaba mejor. Todo perfecto, todo bien.
Al menos empecé a estudiar piano por mi cuenta.
Ea ea pe pe
Eran montones y montones de lindas cosas las que me estaban pasando. Tenía laburo, tenía ganas de hacer mil cosas, tenía a todos mis amigos contentos, y mi familia estaba bien. Mi vieja había encontrado un trabajo en el que ocupar su mente. Mi hermana como siempre. Mi viejo hablaba más conmigo. ¿Qué más podía pedir? No tengo una fecha exacta porque fue algo gradual, pero en menos de una semana empecé a relajar la mente, a bajar un cambio. Mientras más alto estás más fuerte es la caída, y a mi me terminó mandando varios kilómetros bajo tierra.
Desde que mi viejo se había ido de casa más de un año atrás, había elegido ignorar toda la angustia y toda la pena que me había causado. No me había dado cuenta de que pasé todo ese tiempo guardando un mar de emociones jodidas adentro, y cuando empecé a bajar la guardia, se me vino todo encima de golpe. Renuncié a un buen laburo, porque ni siquiera podía escribir bien en la computadora, me temblaban las manos y me ponía nervioso con cualquier cosa. Ya no quería ver a nadie, no quería hacer nada, y un mediodía fue tal el ataque de llanto que tuve, que hasta noté que estaba gritando. Ya no podía o no quería contener más nada.
En septiembre renuncié. Volví a Córdoba tratando de buscar un alivio, pero no fue suficiente, la pasé mal. La barba crecida, el pelo largo. No sabía qué hacer con mi vida. Estaba cansado de todo, agotado, apagado. Ya no salía de casa. Había pasado de aquellos doscientos a cero en un par de días.
Ea ea... eh...
Al menos empecé a estudiar piano por mi cuenta.
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